Una de las pruebas que tenía que atravesar el joven Atreyu (protagonista de la saga fantástica de Michael Ende "La historia sin fin") era la de ser capaz de mirar en un espejo la imagen de su alma. Una imagen que le devolvía sus bajos instintos, su lado oscuro y olvidado. El pequeño héroe logra sortear estas visiones cavernosas enfrentando sus propios errores y mejorando los puntos débiles. Un final feliz que, en la vida real, no siempre ocurre. El caso de Tucumán es suficientemente ejemplificador. De hecho, si la provincia fuera capaz de mirarse en el espejo de Atreyu, el caos de las imágenes devueltas shockearía a más de uno. Sobre todo porque Tucumán hace tiempo que dejó de ser ese jardín que tanto enorgullecía en el pasado y se ha convertido de a poco en una provincia desprolija, ruidosa y enajenante. Una suerte de campo de batalla donde las glorias y las miserias se suceden incesantemente a plena luz del día. Y no se tratan de sucesos secretos. Son más bien dramas que, de tan cotidianos, a veces permanecen invisibles.

Postales del colapso

El acostumbramiento ha llegado a tal punto que ya no causa asombro ver a la principal plaza de la ciudad sitiada por una flota de camiones, como se vio en la mañana de ayer. O a la ruta que va a Ranchillos tomada por un grupo de productores y vecinos que reclaman mejoras de infraestructura. Tampoco causa distracción ver cómo los semáforos vuelven a llenarse de chicos que limpian los parabrisas o mendigan mientras sus padres observan desde la vereda de enfrente. Estas postales ciudadanas, tan propias de la Edad Media, dejan muy en claro que Tucumán está lejos de ser esa provincia pujante y dinámica que pregonan los funcionarios. Plazas olvidadas que ya no son amables ni siquiera con los más chicos, perros callejeros durmiendo en las peatonales desbordadas por vendedores ambulantes, calles cortadas por refacciones eternas y accesos a la ciudad dominados por la maleza son algunos de los dramas que hay que afrontar a diario en una ciudad casi colapsada.

Trabajos sin resultado

"Cuando no se hace nada critican y cuando se trabaja, también", dirán los funcionarios. Puede ser. Pero también es cierto que tanto en tiempos electorales como en años ordinarios, para el gobierno siempre es mejor que los turistas vean que se trabaja a destajo para mejorar la ciudad. Y esto sería digno de elogio si los resultados se vieran en el corto plazo y los trabajos se terminaran efectivamente. Pero, a pesar de las constantes aperturas de veredas, las innumerables repavimentaciones y los incalculables arreglos edilicios, las calles de la ciudad siguen ostentando baches, levantamientos y agujeros propios de un territorio en crisis. Tampoco cambió mucho el panorama de las peatonales repletas de papeles, mientras los cestos de residuos permanecen vacíos. Los mismos lectores lo recalcan a diario en los foros de LA GACETA on line. Dicen, por ejemplo, que la situación está llegando a un límite y que se debería educar a la gente para que sepa cuidar su propia ciudad. Porque una casa es lo que son sus dueños.

Calidad de vida

Así las cosas, resulta entonces comprensible que la provincia no tenga una calidad de vida mayor. Y eso es una verdadera pena, porque Tucumán es un centro cultural de gran dinamismo para toda la región: cuenta con una razonable disponibilidad de servicios y tiene una población de alto nivel educativo. Salvo el turismo, que sigue sin levantar cabeza, el resto de las actividades de la provincia han crecido de forma sostenida. Sin embargo, cualquier vecino bien nacido o turista mal avisado, se siente terriblemente aturdido en una ciudad tan vertiginosa. Y es que la calidad de vida en la ciudad se degrada con gestos mínimos y vulgares: con el pucho que alguien tira desde algún piso de un edificio, con los excrementos que dejan en las veredas los perros paseados por sus dueños (una lamentable postal que puede verse en pleno microcentro), con las pompas de jabón que los vendedores ambulantes lanzan desaprensivamente a la cara de la gente, con los bocinazos que atruenan la ciudad o con los olores nauseabundos de las aguas servidas en distintas calles.

El poder de la gente

Es sabido que la calidad de vida depende de un poder de policía que no se ejerce o muchas veces se ejerce corruptamente, de autorizaciones municipales que transgreden la belleza y de otras mil cosas más. Pero, esencialmente, la defensa o deterioro de la calidad de vida está en manos de cada ciudadano. No tan sólo del Estado. Y es ajena, muchas veces, a esa absurda contraposición entre los conceptos de riqueza y pobreza. De hecho, LA GACETA publicó muchas veces fotos de autos de alta gama cuyos conductores atraviesan el semáforo en rojo, salpican sin piedad a los desamparados transeúntes los días de lluvia o arrojan basura por la ventanilla.

En definitiva, la imagen que el espejo de Atreyu le devolvería a Tucumán (si es que tuviera el coraje de mirarse en él), sería la de una provincia indolente, cuyos habitantes han perdido la consideración hacia el prójimo. Habría que preguntarse entonces cuánto ha gravitado en tanta involución social el abandono deliberado de ciertos usos y costumbres que eran como un sello de la gente de estas tierras: la hospitalidad franca, la ayuda mutua y la sensibilidad social. Por eso, es una verdadera pena que aún no se entienda que la clave de la evolución social y de una convivencia digna está en una simple ecuación: la de respetar para poder ser respetado.